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La “dictadura en democracia” no existe

Desde hace tres años, el apoyo de las y los costarricenses a la democracia según la encuesta de LAPOP (que ha medido durante casi 20 años estas tendencias en toda América Latina), se ha desplomado. Desplomado literalmente, pues si bien no se encuentra todavía por debajo del promedio regional, ya no ocupa los sitios preferenciales en donde se ubicó durante todo el período precedente.

La caída del apoyo a la democracia en un continente ayuno de ella hasta hace poco menos de treinta años, constituye uno de los más preocupantes signos de la historia latinoamericana reciente. Refleja el descontento de la mayoría de las personas con la capacidad de este modelo político de dar respuesta, eficaz y oportuna, a las demandas sociales, así como el hartazgo ciudadano con la corrupción y la inseguridad. Lo más grave del asunto, sin embargo, no es sólo el escepticismo de la gente con la democracia, que ya es lo suficientemente serio como para no tomar debida nota de ello. Lo es la disposición de muchos (poco falta en algunos países para que sean mayoría) de auspiciar el retorno autoritario a cambio de protección, techo y alimento. Ahí radica –en la añoranza autoritaria- una clave que podría explicar futuros entuertos políticos protagonizados por líderes populistas e inescrupulosos, elevados al poder por masas hartas de la corrupción, la incapacidad y la absoluta falta de responsabilidad de los “demócratas”. Hace algunas semanas, un grupo de costarricenses anónimos convocó a la realización, a finales de este mes de julio, de una serie de “golpes de Estado simbólicos” que, según se ha divulgado, tendrían lugar en parques y otros sitios públicos. Presuntamente, estos actos tendrían como objetivo demostrar la indignación de las y los ciudadanos del país con el actual Gobierno pero elevando el tono de otras manifestaciones similares que han tenido lugar en los últimos meses.

Aquello me parece un despropósito total. No la manifestación popular de inconformidad y repudio a las decisiones gubernamentales, a la masiva corrupción pública y privada que se ha vuelto incontenible en este segundo gobierno consecutivo del PLN, a la falta de orientación de la Administración Chinchilla o a su manifiesta incapacidad de diálogo social. Esa protesta no sólo es legítima sino necesaria. Despropósito es aprovecharse de ese escenario para convocar a “golpes de Estado” por muy simbólicos que éstos sean. Semejante invitación, además de despreciar algunas de las más importantes lecciones de la historia nacional, constituye una amenaza directa contra la propia ciudadanía a la que dice querer proteger. Y peor todavía, precisamente por ser anónima, impide conocer a quienes se encuentran detrás de las simbólicas asonadas. Desde hace años se escucha en corrillos que Costa Rica necesita “un nuevo Braulio Carrillo” o a Tomás Guardia redivivo. Ojo con esos clamores, que por “hacer una gracia, nos puede salir un sapo”.

En Alemania, hace sesenta años, se pedía a “otro Bismarck” para poner orden al caos de la República de Weimar…el que llegó, fue Hitler. La “dictadura en democracia” no existe.

Publicado originalmente en Trinchera Ciudadana, Nuestro País, 15 julio 2012.